
Siempre nos ha contado en las
universidades y en las mejores escuelas de negocios que las estrategias de
marketing son una aspecto clave en todo tipo de organizaciones. Podríamos decir
que el estilo de dirección de una compañía o un grupo empresarial se define en
función de cómo se da a conocer al mercado y en la forma en que hace público su
producto, su servicio, sus objetivos o su programa de acción.
Si nos fijamos bien, no son muy
diferentes las estrategias comerciales que siguen los grupos políticos a la
hora de tomar decisiones y darlas a conocer a los ciudadanos de a pie. Muchas
veces parece que en lugar de una estudiada estrategia de comunicación, lo que nos
cuentan los dirigentes políticos es lo aprendido en un elemental cursillo de ventas
al por menor cuando buscan atraer la simpatía de los ciudadanos votantes.
¿Ejemplos? Muchos. Veamos casos
en los que los partidos políticos se dirigen a la ciudadanía para exponer sus
ideas como si de una simple y llana promoción
de ventas se tratara, siguiendo las alternativas previstas en la mismísima Ley
de Ordenación del Comercio Minorista.
Así, vemos como aplican las
estrategias de ventas en oferta a la
hora de realizar su propia oferta electoral, dado que presentan su actividad
destacando sus condiciones más favorables, o su menor coste para el ciudadano.
De este modo dan a conocer sus nuevas propuestas para captar así mayor
aceptación de las mismas. Sin embargo, no son tan cuidadosos a la hora de
respetar la información que requiere este tipo de ofertas, que debe darse con
total claridad. Por tanto la frase “donde
dije… quise decir…” que tan comúnmente utilizan nuestros dirigentes no
sería en modo alguno aceptable en este método de promoción de ventas.
Pero sí aplican sin dudar la
cláusula de sustituir el producto por otro de similares características en el
caso de disconformidad por parte de cliente. Son especialistas en realizar en
tiempo record una promesa similar -pero distinta- a la inicial para dejar
conforme al cliente/votante.
Qué podemos decir de la ventas en rebajas, que “solo” pueden
hacerse en dos períodos al año ofreciendo los mismos productos que antes pero a
menor precio -menos impuestos y más ayudas- y con la misma calidad.
Especialmente aplican las rebajas cada cuatro años, con algunos períodos
intermedios, coincidiendo mágicamente con los períodos electorales europeos,
nacionales, autonómicos o locales. Menos mal que no aprovechan los dos meses de
duración máxima de las rebajas. Una campaña electoral tan larga excedería cualquier
límite soportable por el ciudadano medio.
En cuanto a la venta de saldos, es decir, de productos
cuyo valor de mercado ha disminuido por deterioro, desperfecto u obsolescencia,
encaja perfectamente entre nuestra clase política cuando deciden que es un
momento idóneo para hacer caja mediante la venta de coches oficiales,
enajenación de edificios y otros patrimonios públicos varios y cuadrar así las
deficitarias cuentas. Últimamente es tan habitual este método de ventas que
algunas administraciones públicas bien podrían añadir a su denominación la
categoría de outlet o factory.
Una costumbre muy sana pero poco
ejercida por los políticos es la de aplicar el método de ventas en liquidación que supone el cese parcial o total de la
actividad en ejecución de una decisión judicial o administrativa. Pero claro
está, pensar en ceses o dimisiones sobre todo si es tras una resolución
judicial, suena a pérdida de apoyo popular y a posible crisis de gobierno,
situación que no gusta nada a nuestros dirigentes y de la que huyen como del
agua hirviendo. Claro está que este tipo de ventas dispone de un período máximo
de tres meses -lo que no encaja con los ceses fulminantes- y exige no poder
ejercer la actividad durante tres años siguientes, al menos en la misma
localidad. Pero nada impediría volver a presentarse para ser elegido en otra
localidad, o incluso por otro partido, lo que se podría considerar un “cambio
de ramo o modificación sustancial del negocio”, fórmula ya prevista por la
citada Ley de Ordenación del Comercio.
Sin duda, si hay algún método en
el que los políticos se encuentran como pez en el agua es a través de la venta con obsequio o prima, en la que
se utilizan regalos, premios o similares, fórmula ideal para distribuir en
plena campaña electoral los mecheros, globos, bolígrafos, abanicos y demás quincalla,
con entrega inmediata y directamente asociada al producto estrella: el voto.
Ahora bien, se exige que las condiciones queden acreditadas ante notario y que
no haya variación en la calidad ni en el precio de lo ofrecido, lo que supone
una condición harto difícil de cumplir por la clase política, en lo que al
programa electoral se refiere.
Toda una serie de formas
puramente comerciales de atraer el ansiado voto, que sin duda nuestros
dirigentes conocen a fondo y dominan a la perfección.
Cuidan el mensaje con esmero, y al
igual que antaño el Director General de Camp, nos dicen aquello de “busque, compare y si encuentra algo
mejor…..vótelo”.
La duda siempre surge al valorar
la calidad real del producto/programa que ofrecen. ¿Es fruto de una elaborada
estrategia política o es solo puro marketing?